martes, 10 de junio de 2014

A Night Like This

"I´m coming to find you if it takes me all night
A witch hunt for another girl
For always and ever is always for you
You trust
The most gorgeously stupid thing
I ever cut in the world." THE CURE

Cansado, ebrio, hundido en la noche
vomito sobre mi soledad,
orino mi culpa, camino sobre esta tristeza
voy a encontrarte aunque me tome toda la noche.

La vía láctea no existe, el amor no existe.

Tú no existes.

Los puntos luminosos en el cielo me escupen en la cara.
Tengo que revolcarme de nuevo.
Una cacería de brujas por otra chica.

El olvido no me encuentra, sigo escapando,
las náuseas comprimen mi dolor.
La existencia del universo en mi cuerpo.
Una explosión que se conserva en secreto.

Por siempre jamás es siempre para ti.
Las vísceras no pueden sentir el puto amor
tu confianza
o la asquerosidad del alma.

Mis ojos no volverán a creerte
ni mi verga a amarte
ni mis huevos a soñarte,
las cosas más maravillosamente estúpidas
que siempre rompen con este mundo.




jueves, 29 de mayo de 2014

Perro Semihundido

Mi conciencia es un perro que ladra siempre a la misma hora
muere de rabia, todos los días en el encarnado bar de una esquina
he perdido a la jauría, que brama versos de media noche
y enfurece mi sangre, para aullar frente a cualquier ventana vacía

Mi corazón es un perro que ladra siempre a la misma hora
con aliento a pisco y una locura encabronada-mente desenfrenada
olfatea en la basura queriendo encontrar tus restos podridos
hundidos en la melancolía, de una oscuridad perdida por estúpido amor

Mi deseo es un perro que ladra siempre a la misma hora
enajenación de un condenado a vivir muerto toda su desquiciada vida
lujuria de un animal que no deja de lamerse las costras una y otra vez
busco cualquier víctima para encajarle los colmillos y follarla con tu olvido

Mi culpa es un perro que ladra siempre a la misma hora
demencia de un vagabundo extraviado en una ciudad a orillas del mar
llena de putas-perras dispuestas a infectar con su virus los coágulos
de un rendido perro deambulan-te,  incapaz de olvidar su obsesivo rencor

Mi orgullo es un perro que ladra siempre a la misma hora
nunca ha tenido dueño, ni mucho menos amo que lo encadene o lo castigue
nunca ha ganado una pelea callejera, ni escapado de una perrera estatal
no volverá a morder la angustia de un adiós, ni le alcanzarán los ladridos para escapar
de mi afligida sombra y enterrarla en la eternidad
de estas mal-gastadas palabras, de aborrecimiento y carcomida des-ilusión.




FRANCISCO DE GOYA
Perro Semihundido (1820 - 1823) · Óleo sobre muro
pasado a lienzo. 134 x 80 cm. Museo del Prado. Madrid, España.



domingo, 13 de abril de 2014

La Máquina de Escribir


Salió volando por la ventana. Antes escribías poesía con ella, antes me despertaba el sonido de las teclas que tatuaban sobre la piel blanca del papel, todos tus escrúpulos follando juntos, dislocándose en pesadillas, volviéndose bestias que eran sepultadas con palabras de amor.

Ahora la máquina de escribir ha salido volando por la ventana, y si no le salieron alas, fue por que prefirió el holocausto, antes que escribir los versos, que vengan a joderlo todo, que aparezcan pidiendo el perdón del maniático que se cogió a la poesía que estaba en tu sexo, que estaba en tus senos, que estaba en todo tu bucólico infierno.

La máquina de escribir salió volando por esa ventana que ya no da más al cielo. ¡Soy un asesino! Lo hice para ya no tenerte, no recordarte, no escucharte, olvidarte y no volver a escribir entre cifras y galaxias, entre el deseo y la materia, lo infinito y lo precoz, por que los poetas ya no escriben, sólo se sienten olvidados por la tinta que ya no tiene repuesto, por la puta que se ha lleva sus versos entre las piernas o por el encabrona-miento que sucumbe el deseo de tener que escribir, escribir y no parar, no parar y escribir, coger y escribir, follar y escribir, cachar y escribir, beber y escribir, siempre escribir, escribir hasta que te salgan las alas para desbordarte por una ventana y provocar los sacrificios que vengan a joderlo todo.

lunes, 10 de marzo de 2014

K.O.

Beso con resignado dolor
la lona de este pinche rin
madriza a 12 rounds

10… 9… 8…

mi chingado corazón
no sabe defenderse
ni salir corriendo
¡hijo de puta!

7… 6… 5…

a veces se piensa
demasiado con la cabeza
mejor usarla como arma
en pelea sangrienta

4… 3… 2…

se vive por rencor
se mata por obsesión
se pierde por pendejo

1…

Knock-out!

lunes, 27 de enero de 2014

José Emilio

Ayer no murió solo un escritor mexicano más para mí. Ayer murió uno de mis héroes. El primer sujeto que me enseño que las palabras al unirlas, pueden decir cosas, y cosas bien chingonas. Ayer murió el hombre que me enseñó el Principio de un Placer, el capitán que lideró mis mejores Batallas en el Desierto, que me hizo pensar en los Vientos Distantes y descubrir los Elementos de la Noche.

A José Emilio lo conocí muchas veces en sus libros, pero sólo lo pude saludar una vez, estrechar su mano y decirle que el Principio del Placer, había sido el libro con el que aprendí a leer, esto después, de que él mismo, había señalado que el ejemplar que llevara en mis manos, fuera una copia pirata. Me lo dedico de todas formas, pero le tuve que revelar que el libro, lo había tomado de la colección de mi hermano a los escasos once años, el título y su portada, me provocaba un morbo impresionante, así que lo tome y leí, sin hacer ninguna pausa. Ese día como bien señale, aprendí a leer.

Hoy recuerdo esa pequeña colección de mi hermano, de donde salieron los primeros títulos que leí de José Emilio, repaso el día que Sergio me dijo, que si quería entender aquella canción de Café Tacvba, primero tenía que leer ese librito de portada blanca con una mujer, de mirada censurada y hermosas piernas, Mariana, sentada sobre un tambor. Un día memorable aquel que leí, Las Batallas en el Desierto. “Ese niño no es normal, será mejor llevarlo al hospital”. Otro día, Dania tal vez influenciada por aquella frase, me regaló el libro, hoy le agradezco profundamente, pues aquel libro inicio una colección de muchos otros. Este mismo título, yo lo compré un día de Julio y voló conmigo hasta Lima para regalárselo a Kara, sin saber muy bien por qué. Pero me dio mucha alegría que cuando Kara vino a México, se llevara varios libros de José Emilio, poesía sobre todo. Porque al final, el escritor sólo nos dejará eso, sus sueños, su memoria, sus deseos para ser leídos, para recordarlo siempre y para recordarnos siempre a nosotros mismos también.

Quisiera volver a esa tarde de otoño cuando saliendo de la preparatoria, compré en  El Parnaso de Coyoacán El Viento Distante y lo leí en una banquita verde, esas que están enfrente de la fuente de los coyotes…


Hasta pronto, José Emilio Pacheco. Gracias por enseñarme todo lo que vale la pena en esta vida.

“La gente llega, vive, sufre, se muere. Vienen los otros a ocupar su sitio y la casa arruinada sigue viviendo.”
José Emilio Pacheco 

martes, 29 de octubre de 2013

El Día que Conocí a Jorge Eduardo Eielson

Me encontraba sentado en una mesa afuera del Chef`s Café de la Avenida José Larco en Miraflores, contemplaba el espectáculo de las grandes máquinas que reconstruían el asfalto de las tapes alrededor del parque Kennedy, Kara recién me había telefoneado para decirme, que si yo quería, podíamos ver una película malísima a las diez de la noche en los cineramas El Pacifico, enfrente del ovalo, al otro extremo del parque, justo frente a mí. Obviamente acepte una invitación como esa al toque y sin pensármelo ni un momento.

Era octubre y un otoño disfrazado de primavera vestía un frío del carajo en la capital del Perú, pedí un café con leche, de la misma forma que lo habría pedido en la capital de México, esto es, con un montón de azúcar oscura y servilletas para anotar o dibujar pendejadas con la asistencia de un par de lapiceros nuevos, color celeste y negro, que había adquirido ese mismo día, en una papelería horrible de San Miguel.

Fue un suspiro o quizá la inconsciencia de mi pésima memoria, lo que me puso de frente a un hombre de alma dulce acompasada por su mirada triste, ojeras permanentes encima de un pronunciado bigote afilado, guardia de una furia sensata, estaba ahí alguien que había perseguido demasiados amaneceres fugaces, en caballos de arena exiliados por la mar.


TODO ES PARÍS PARA MÍ

Y Roma es también Nueva York
O Lima. En todas partes respiro
Me pongo un pantalón y sonrío
En todas partes me levanto
Y me acuesto mirando las estrellas
Aunque no haya ninguna de ellas
Mi nombre es Jorge y soy el mismo
Mozalbete que leía Rimbaud
Y Mallarmé llorando como un niño
Todos mis sueños y mis heces
Son las mismas en París Roma
Nueva York o Lima



Se había presentado ante mí como una persona amable y sincera. Me había hecho sonreír y recordarme a mí mismo unas cuantas veces. Pero un nuevo suspiro me regreso a la noche de abultadas nubes teloneras, que cerradas, aguardaban la función estelar de unas inexistentes estrellas en el firmamento de Lima. Cerré el libro SIN TÍTULO de donde había salido Eielson, pague la cuenta de diez soles por el café con leche y salí de prisa para conseguir entradas a la función de una pésima película.

viernes, 11 de octubre de 2013

Nota al Pie del Vuelo



Querida K:


Habrían sido las dos treinta de la tarde, cuando salí volando de la ciudad de Lima. Minutos antes, mientras esperaba en una sala del aeropuerto, me preguntaba si habrías almorzado con un café largo a tu lado, o si tu incesante investigación sobre las palomas habría gozado de un nuevo hallazgo por la mañana. Al traspasar y desaparecer por el primer nubarrón en el cielo, mire al lado izquierdo y sentí el inesperado impulso de arrancar la escotilla de emergencia, arrojarme sobre el campo de algodón y planear entre nubes hasta encontrarte, encontrarte impulsada por unas enormes alas de plumas color cenzontle. Quería decirte todo lo que las circunstancias, el tiempo y la casualidad no me permitieron: que estar contigo se sentía cabrón, que me hacías ponerme tan paja como una canción de Interpol en un día triste, que al ver las pinturas de Szyszlo en el MALI pude ver tu retrato en un Sol Negro, que el rojo de tus labio había sido el escarlata más recóndito que mi vista había contemplado en toda su puta vida y que la cólera me invadía por no podértelo borrar con arrumacos y mordidas, quería manifestarte que a pesar de que eras una perfecta desconocida, para mi eras tan reconocible como si de chibolitos nos hubiésemos sonreído y mirado alguna vez en el prado y al cabo de los años nos reconociéramos sin importar las marcas que el destino habría de impregnar en nuestras almas de una vida sin vernos.


“Sentados en la estación del tren, donde los desamparados se encuentran entre los libros” fueron las líneas que leí a los diez minutos de vuelo, una sonrisa se dejó percibir en mi rostro y mis ojos debieron de ser parecidos a los de un anime antes de soltar el llanto sin llegar a hacerlo. Así viaje de vuelta a la ciudad México, con la cabrona ilusión de que tal vez un día, la niña de ahora veintiséis años recordara el rostro de aquel extraño mexicano y suspirara sin sentido alguno por él. Para mí y por ahora, serás un fantasma enlatado en una vida cotidiana, serás una fotografía o unas palabras escritas en un libro de poesía, serás mi ilusión de volverme a enamorarme, serás el falso cuculí que se postre a la orilla de la ventana todos los días al despertar, serás mis pendejadas escritas en la suela de unos Vans para recordar que alguna vez estuve ahí y también serás el recuerdo más hermoso de aquella ciudad gris, que eres tú.


M.







sábado, 20 de julio de 2013

Hormiguero



El metro de la Ciudad de México: un hormiguero humano, nido de áfidos, refugio de parásitos y locos dementes. Me sigue pareciendo espectacular la dimensión de plaga en la que ya nos hemos convertido. Somos un montón de heminópteros idiotas que queremos llegar a algún sitio que el compañero de a lado ignora, pero que tampoco parece importarle de igual forma. Llevaba ahí dentro 2 horas, sumergido en aquel nefasto, oloroso y húmedo lugar, cuando no soporte más, escape por el primer túnel que descubrí abierto, un ataque de ansiedad me cosquilleaba el párpado izquierdo y la ausencia de aire en mis pulmones me introdujo en la desesperación absurda. Salí expulsado cual vomito de embrio, a un exterior con luz de día y aire fresco, me encontraba en el mero centro de la ciudad capital. Frente a mis ojos, la vieja catedral que se derrite poco a poco en el corazón de la gran Tenochtitlan, la majestuosa bandera tricolor ondeando en todo lo alto del asta, nubes negras a lo lejos, próximas a la tormenta, campamentos de hormigas rebeldes en medio de la plancha de asfalto y un Palacio de la Nacional con su casual y aburrida seriedad de siempre. Pensé en el caótico contraste que esta gran urbe provoca en sus entrañas, mientras respiraba por fin, un aire de veraniega tarde de hastío.


Me acerque al puesto de periódicos más próximo y compre un cigarro Marlboro suelto, de 4 varos, me senté en una jardinera a las afueras de la estación del metro y lo fume sin esperar encontrar alguna dirección que tomar. De pronto, un bus amarillo, como de colegio privado, sin pasajero alguno, giro frente a mí y a su costado alcancé a leer Miraflores en letras bolt negras. Al toque imagine el Parque Kenedy, las galerías y churrerías de la Avenida de la Peruanidad, las carretillas con butifarras, deliciosos picarones y asquerosa mazamorra morada, la vieja tienda de tabaco donde conocí los Cigarros Inca, el paseo de los pintores y el anfiteatro donde la gente bailaba al ritmo de las guitarras y los cajones peruanos. Imaginé también la sección de literatura en la librería La Familia que esta sobre la Avenida Oscar R. Benavides y el libro de Ribeyro que nunca pude comprar. Saboreé una hamburguesa doble Royal de Bembos, acompañada de una Inca Cola grande, bien helada, sentí en mi rostro la garúa del anochecer, arriba de un puente de la Ricardo Palma. En verdad que le hubiera dado al chofer todos los pesos que llevaba en la billetera para que me trasladara al Miraflores de Lima. Sin embargo, sólo vi como el autobús se alejó por la avenida Pino Suárez y se perdió entre las luces en verde de los semáforos y la estampida de automóviles que marchaban ceremoniosamente hacia el sur de la ciudad. En cuanto a mí, solté la última bocanada y descendí a las profundidades del hormiguero, para poder volver a casa.