viernes, 23 de septiembre de 2016

¡Alarma!

En algún instante, no hace mucho tiempo, a penas lo recuerdo, comencé a vivir sin pensar en el transcurso de los días, a filtrar las mañanas por la cafetera hasta disolverlas en el trafico de las noches por la avenida Insurgentes Norte.

Llevo meses sin poder escribir una buena línea, un buen verso, algo que desmadre el inconsciente, ofenda el instinto. Pero nada sale de mi cabeza más que trabajo de oficina.

El deterioro que mi cuerpo siente al tener que acostumbrase a la rutina, a un edificio, a personas encerradas, estacionadas en habitaciones que desintegran su energía para conseguir dinero, esconde mi verdadero deseo de quedarme en casa y  no hacer nada. O el de salir a las calles del centro y toparme con una vida de aventuras y libertinaje con la que se sueña y muy pocas veces se hace realidad.

La abstinencia de letras no me ha impedido tener  ideas que se revolotean en mi mente. Ahí hay paisajes, nombres, muchos sentimientos, descuidos, un cúmulo de situaciones, acciones, pero casi nada es concreto.

Se que ahora escribo por el simple hecho de regresar.

Tratar de llevarme bien con el teclado de esta máquina para que me permita decir cosas es lo único que me queda. Además de las ráfagas en mi cabeza y el sonido de una ¡ALARMA! que no deja de joder en mis oídos y que indiscutiblemente proviene del mundo exterior pero que para mí, es la inmovilidad de mi percepción aturdida en esta tarde de septiembre que me ha generado el innecesario impulso de escribir.


En unas horas o quizá mañana o dentro de algunos meses volveré a releer estas líneas, quizá nada tenga importancia entonces, como ahora y todo se reconvierta en un montón de imágenes que simplemente desfilaron sin sentido por esta malquerida cotidianidad de conciencia implosiva, rezagada, perdida por los días que no se puede escribir porque simplemente, no le importan a nadie.

viernes, 9 de septiembre de 2016

No Escribo Nada

Trato de escribir algo
que no sé todavía
que es

una idea me hunde entre signos
el mar brota de las coladeras
borro palabras / acentos
trato de escribir algo

beso un cadáver
mientras el teléfono suena
no me responde nadie
el cadáver ahora en el piso
más palabras
el cadáver frío me excita
hormigas salen de sus cavidades
se desbordan en mi

colapso horizontal
eyaculo sobre sus ojos cerrados

soy un animal infame
un cúmulo de errores
escondidos entre estas líneas
que no dicen nada

entierro el cadáver bajo un verso
entre un suspiro
y la fosa del tiempo

estoy enfermo
borro todo
se queda algo

no escribo nada.

martes, 30 de agosto de 2016

Cometa

Mis desvelos permanecen
en pupilas que no saben
donde quedar sepultadas

quizá bajo los escombros
de lo húmedo y salvaje de tu sexo

quizá sobre esa bola de carne
que palpita en el pecho
y no me permite devorar más suspiros
bajo la bruma
bajo el anhelo vespertino
que ya no llevo puesto


ahora ya no necesito notas en mi cabeza
para archivar tus memorias


ahora un androide se desliza
entre el café instantáneo
y mis neuronas anestesiadas
por el virus que sofoca
lo ordinario de mis días

ahora este deseo [in]necesario
de que la tristeza me agujere
es un cometa que se aproxima
sobre la furiosa oscuridad
que es domada por nuestros gemidos

los que no olvidaron
olvidarse de nosotros.

jueves, 11 de agosto de 2016

El Retrato de Adele Bloch - Bauer

Despierto a media noche y mi estómago parece contener un volcán en erupción. Lava ardiendo recorre enfurecida mis intestinos con el único fin de expandirse fuera de mis entrañas. Deprisa salgo de la cama y me encierro en el baño para asfixiar la pronta erupción de mi deyección. 

Cuando regreso a la cama tu cuerpo es una montaña que no se ha inmutado en lo absoluto. Escarcha de nieve te cubre dibujada por la densa cobija que te envuelve, pareces una oruga congelada en el interior de la nevera. Trato de no interrumpir tu sueño. Entro suavemente por la sabana que cuelga de una esquina del lecho. En medio de la oscuridad busco reconciliarme con la narcosis, cierro los ojos, me volteo de un lado, voy hacia el otro, perfilo que mis movimientos no sean bruscos, respiro boca abajo, me escabullo debajo de la almohada, pienso en el Retrato de Adele Bloch - Bauer, vendido en 135 millones de dólares. No puedo dormir. Me giro hacia ti. 135 millones de dólares. ¿Klimt lo hubiera pensado? No puedo dormir. Abro los ojos. El Retrato de Adele Bloch - Bauer sigue en mi cabeza, su imagen desnuda debajo del manto dorado, su representación de oro, lo largo de su cuello, lo carnoso de sus labios. En medio de mis pensamientos trato de llegar a tu cintura, rozo tus nalgas, resbalo mis dedos suavemente entre tu pelvis, el corazón de la montaña, el lugar más cálido, el más oscuro. Pero el más gélido también cuando no despiertas y permaneces como una moneda en el fondo de un pozo que no se ha levantado en millones de años, respiro suavemente sobre tu oreja. En segundos reaccionas, te giras hacia mi y rodeas mi cuerpo con tus largos brazos, me encadenas a ti de la forma más dulce que el universo puede permitir, me dejas indefenso. Puedes desarmarme en un par de segundos y con un sólo movimiento. Resignado vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a pensar en el Retrato de Adele Bloch - Bauer y su cabello castaño y el resplandor de su cuerpo y los 135 millones de dólares desplomándole el corazón, mi corazón y mis manos. Estoy entre tus brazos y percibo calor, mi estómago esta caliente y comienzo a sentir que la pesadez regresa a mi. Entonces la lluvia comienza a sonar, las pequeñas gotas se escuchan en el techo, son una sinfonía perfecta que me arrulla, me gustado el ruido de la lluvia a mitad de la noche, siempre me ha gustado, ahora lo disfruto más mientras tu cuerpo se enrolla con el mío y la oscuridad nos atrapa y nos cobija con su cálido manto. Ya no pienso en nada, escucho la lluvia caer y es un sonido hermoso, tan perfecto mientras somos devorados por el silencio.

Avanzo por el gran salón de paredes verdes y ventanales iluminados por el sol en picada del mediodía. En una de las esquinas esta mi amigo Adonais, sobre la mesa hay sopa de tallarines y una coca - cola. Me siento frente a él, tiene un cámara fotográfica en sus manos y no deja de hacer exposiciones con gran discreción. Su objetivo es una linda mujer de figura esbelta y cabello rubio que entra a lo que parecen los servicios de un restaurante de comida china al que yo también he entrado sin darme cuenta. Me dice que ya no puede ayudarme más, que ya no esta en Lima, que el negocio esta cerrado, que busque nuevos inversionistas. Trato de comprender de que me esta hablando, miro al rededor y las mesas permaneces abandonadas, un mozo se acerca a ofrecerme la carta, tiene los ojos rasgados, el cabello corto, miro el menú, saboreo el pollo tipakay, el chaufa de res, Adonais resguarda la cámara en una pequeña mochila de color verde, se levanta y sale de prisa, yo salgo detrás de él.

Llego hasta la caseta telefónica, no puedo recordar el número, hojeo el pesado directorio que esta a un costado, ahora no puedo recordar su nombre, el nombre, cualquier nombre, me pongo nervioso, un sujeto con sombrilla se postra detrás de mi, es de tez oscura, lleva unas gafas que no me permiten ver sus ojos. De su larga gabardina saca una cajetilla de cigarros Malboro rojos, me ofrece uno, ya he dejado de fumar, resisto, niego con la cabeza, él saca uno y se lo lleva a la boca, se busca el encendedor por todas partes, no lo encuentra, ahora estamos dentro de un grupo más grande de sujetos que se buscan el encendedor en cada bolsillo que llevan en sus prendas, no sé que hacer, trato de alejarme, no puedo, en un instante se acerca un nuevo sujeto, esta rapado, es my rubio, sus jeans son ajustados y sólo lleva una camiseta amarilla y una chamarra de piel negra, enciende el cigarrillo. Tiene consigo una bolsa trasparente que sujeta con la mano derecha, en la izquierda se coloca una sabana para forjar un cigarrillo, de la bolsa extrae una especie de atún con verduras, lo coloca sobre la sabana de papel arroz, menciona que se trata de marihuana, mis sentidos se encuentran confundidos, observo como forja el churro con sus labios, no puedo imaginar prenderlo, una gota cae en mi rostro, una gota de agua cae en mi rostro, una tras otra las gotas de agua comienzan a caer en mi rostro con mayor fuerza, levanto la vista para ver de donde provienen. Sólo percibo una fuerte luz que me ciega.

Despierto y me encuentro debajo de la gotera que la lluvia de la noche ha provocado en el techo de la habitación. Te despierto para mover la cama antes de que mi sueño se convierta en un pantano donde mi deseo se evapore como porro de atún dentro del cuerpo de oro de Adele Bloch - Bauer. 





GUSTAV KLIMT
Retrato de Adele Bloch - Bauer (1907)
Óleo y oro sobre tela · 138 x 138 cm · Neue Gallery. New York, United States of America.


lunes, 1 de agosto de 2016

Cosas Invisibles

Fue a las afueras de una vieja iglesia morisca de Santa María la Ribera que vi aquella mancha oscura. Se trataba de un hombre o quizá de una mujer, nunca pude distinguir bien su rostro camuflado en una mancha de mugre impregnada en la pared, en el piso, en aquella húmeda esquina de esta mísera ciudad. Creo que pedía limosna para abandonar a su demencia o ayudarse a cercenarla.

Por siete meses pase cada día por ahí, observando como aquella escultura de piedra volcánica envejecía poco a poco en el olvido de un par de monedas enmierdecidas.

Ayer frente a mi ojos desapreció, sin el perdón del tiempo, el amor del fuego o la absolución del gato que de vez en cuando le hurtaba la comida arrojada. Así, sin dejar herencia ni recuerdos en un álbum fotográfico el ente se evaporó -y comencé a creer en las cosas invisibles que nos rodean.

viernes, 29 de julio de 2016

Inocencia


El pasado de mi vida puede caber en el buró de la cama
en un huequito de la billetera
o en las habitaciones cerradas de la casa

Todas las mañanas tomo con ensueño el metrobús
voy perseguido por un sin fin de cosas
olvidadas / retrasadas / pospuestas
una contingencia neuronal se enreda en mi cerebro
como una tarde desplomada por la lluvia
cada minuto olvido más como escribir mi nombre en la pared
en cualquier parte
soy un soplo de letras por el aire sin donde aterrizar

Pienso en la magia de la literatura
en la omnipresencia del escritor
en su posibilidad de evocar recuerdos
ahogar el ego
sustituir la realidad
mientras espero que el asiento ocupado de enfrente me tome por el culo

La inocencia se olvida
como el que olvida su amor en la mohecida cantina de la adolescencia
que lamentable
que el hubiera tenga ese placer egoísta de no existir
nunca conoceré el mundo con otros ojos
jamás volveré a ser el niño de 5 años que le temía a su sombra
ni el de 15 que se comía las estrellas
mucho menos el de 25 que se perdió entre galaxias
que ahora mi párpado derecho tiene que llevar a cuestas
algún día de estos compraré un nuevo corazón a la altura de mi inocencia
por lo menos / de la que aún me queda.

sábado, 30 de abril de 2016

No Visto Ningún Color

La neblina me cubre la vista
como si pudiera esconder
un puerto
a mitad del Viaducto
alguna vez huí
ya no recuerdo porqué
lo sigo haciendo diariamente con insomnio

el ritmo de la mañana puede sonar
a Interpol o a un bostezo aturdido
por la oscuridad de mi hocico

soy una memoria de cartón
que gira entre lágrimas que no fueron
orina o sueños / o fuego interplanetario

llevo tanto deseo que todas las putas
me parecen hermosas
como un cielo nublado / o este amanecer rojo

permanezco solo
alrededor de un millón / de estrellas apagadas
¿Cuánto tiempo he dormido?
uno puede perder la vida / suavemente en el tren

qué tarde voy
mis manos se han llenado de arrugas
pero mi memoria es igual de inmoral
que cuando era un niño

soy una montaña de polvo
no visto ningún color
llevo ojos de penumbra
los sentimientos amarrados
y un cuerpo unido a la soledad de un rostro
que también ya he olvidado.




jueves, 31 de diciembre de 2015

Los del Borde

Es verdad que no nacemos con el conocimiento de cuáles serán nuestros gustos, en que ocuparemos nuestro tiempo de ocio y distracción, cuáles serán los traumas, vicios y perversiones que nos marcarán de por vida o cuáles las manías que nos obliguen a escribir mentiras por necesidad. Fue en los años de la adolescencia; cuando sólo escribía cartas sin sentido y llenas de promesas falsas de amor a cualquier noviecita de la secundaria, que mi padre me regaló un libro de Gustavo Sainz se titulaba Compadre Lobo, luego vino otro de José Agustín, La Tumba. -Es la generación de la onda. Me decía. Así que yo trataba de agarrar la onda a un México post '68 en aquellos libros que en casa siempre hubo: olvidados en cajas, empolvados en viejos libreros o en los cajones de la cómoda cómo si fueran drogas farmacéuticas que no necesitaban prescripción médica para aliviar algún dolor olvidado.

Para cuando cumplí 25, mi hermano Serch, se había convertido en mi dyler favorito de libros. Aquel día almorzamos en un puesto de quesadillas atrás del Museo Nacional de Arte y nos metimos en una librería frente al Palacio de Bellas Artes. Mi regalo fueron Los Detectives Salvajes y entonces la ficción se convirtió en una sobredosis que alteró toda mi realidad y mi tiempo. Y no pare, no podía parar, el fantasma de un poeta me perseguía, me seguía por las librerías, estaba ahí conmigo frente al ordenador, a la hora de la cena, cuando iba a cagar o fallaba con mi novia o iba al trabajo y me desquiciaba el tráfico, el ruido, el hormiguero que es esta ciudad y entonces comencé a escribir, no sé por qué, pero comencé a escribir.

Un 10 de enero, la ficción me llevó hasta una tumba en el Panteón Francés dónde yacía Ulises Lima. Alrededor de él, lo que quedaba del infrarrealismo danzaba entre tragos de Tres Coronas y los versos afilados - alcoholizados - diluidos del cadáver de Mario Santiago. Siete días después, conocí a Israel Miranda en un homenaje entre poemas y cervezas al propio Papasquiaro, pero para ninguno de los dos, es claro ese encuentro.

Luego me perdí en Sudamérica, me fugué al país de Laura Bozzo, al país de Vallejo, de Moro, de Vargas Llosa, de Ribeyro, y algo en la ciudad gris de Lima se adhirió a mi cuerpo y nunca me soltó, me hizo ser Ulises, me hizo reconstruir mi memoria y aventarle un escupitajo a la vida, sentado en el otro extremo del mundo con un café pasado en un sueño etéreo. A veces no tenía plata, ni jato, ni avión privado, a veces llevaba unos soles para comer o para vivir, para ir al cine o para una cerveza, o dos, o tres. Vivía despreocupado de las cosas materiales, salvo de los libros que buscan donde vivir y calentar con aventuras y desdichas, la soledad de una habitación en la costa del Pacífico Sur.

Cuando volví a México, busqué en el Taller de Creación Literaria -En el Borde- a mi estirpe, olvidada en los bares, donde los locos se beben de madrazo y al toque los deseos repulsivos - malparidos - [desquiciados] - donde se fuma el anhelo forjado en versos, desgastados por la infecciosa idea de fecundar el lenguaje. Había encontrado a los perros románticos, y no pensaba irme de ahí.

Un día, propuse hacer un manifiesto. No habría sido el primer pendejo borracho en postular dicha intención, pero sí el primero en rechazarla cuando descubrí, que el proyecto que hacía Israel Miranda con los del Borde, era el de escribir, escribir y no parar, no parar y escribir, coger y escribir, beber y escribir, siempre escribir. Escribir hasta que te salgan las alas para desbordarte por la ventana, encender las llamas de La Fiesta del Infierno, consumar tu existencia entre una botella de Korova y los trenes detenidos de la olvidada Alqvimia. Volverte las Notas de un Enfermo Mental o ser el ruletero entre líneas y versos, que inciten al vuelo. 

Por aquellos indescifrables azares del destino, volví a tomar un avión y una tarde en Buenos Aires, mientras nuestros ojos se embriagaban en litros de cerveza Quilmes, Ana María (Alexis Alvarenga) me preguntó: ¿Qué era lo que más extrañaba de México? No supe qué contestarle, tal vez nada, tal vez todo, tal vez las tardes enfurecidas en las que iba con los del Borde y bebía versos como un salvaje extraviado bajo una lluvia neumónica del D.F. con la conciencia de un perro que ladra siempre a la misma hora / sostenido por la botella de licor / que no se llevó el mar / que no llevó ningún mensaje / que se fue al bote de basura / junto con mis tristezas. 

Con esa relatividad, volví otra vez del cono sur. Pero esta vez, sin olvidar escribirlo todo en un insolente - desdichado - deslavado Diario Gris. 

Excitado por la encabronada necesidad
de vivir siempre en el borde
tentando al asqueroso deseo
de sucumbir inesperadamente
en un parpadeo
en cualquier parpadeo
en este inesperado e impetuoso
parpadeo.
 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Las Torres Grises de Miguel

Por: Julia Wong

He aquí un diario. Como uno más a los que me he enfrentado en los últimos cinco años: Der Schmerz, El Dolor de Marguerite Duras, el de la Florita Tristán, con sus Peregrinaciones, José Asunción Silva en De Sobremesa (estos dos últimos textos, obligatorios para  la universidad) y Diario de Un Poeta recién Casado, la pura poesía de la lengua española enfrentada al protestantismo arquitectónico de la ciudad multifacética por excelencia: Nueva York.

Todos estos diarios, fragmentos del tiempo, con fecha específica, con Ciudad desde donde se escribe, con año de emisión, con año de vencimiento. Todos estos registros de la caja chica o la caja grande que es el corazón humano enfrentado al viaje y al paisaje nuevo, dos manivelas de la maquinaria emotiva humana, se conjugan en Diario Gris como un reloj perfecto. Esta es la forma más íntima de desgranar el tiempo con nomenclatura y meterse en el  artefacto del día  en que nos proponemos colocar un filtro que nos hará los voluntariosos partícipes de la historia cotidiana del alma.

14 de julio del 2015. La Toma de la Bastilla se produjo en París el martes 14 de julio de 1789. A pesar de que la fortaleza medieval conocida como la Bastilla sólo custodiaba a siete prisioneros, su caída en manos de los revolucionarios parisinos supuso simbólicamente el fin del Antiguo Régimen y el punto inicial de la Revolución Francesa. La rendición de la prisión, símbolo del despotismo de la monarquía francesa, provocó un auténtico sismo social tanto en Francia como en el resto de Europa, llegando sus ecos hasta la lejana Rusia. (Wikipedia)

Y es en un 14 de Julio en Lima, cuando Miguel Torres,  quien  pudiera llamarse Miguel Bastillas, quiere traerse abajo el gris de Lima, color restregado en una memoria tipo diario, que es tan  potente y  sacaronchas, como para cambiar el color gris, no solo de Lima,  si no de todas las paletas  que ostentan los plásticos más sofisticados del planeta. Y pretende la caída de cualquier residuo monárquico que es quizás el culpable de que esta capital suramericana sumerja a otras aldeas vecinas, en el color prestado de alguna madre reina que no podía soportar el escozor y el brillo del sol en sus dominios.

El color gris panza de burro acribillado desde una torre Mexicana, hasta hacerlo color y sabor suramericano.

Del lapicero de Miguel, nace no sólo una nueva ciudad sin murallas, sino todo un nuevo continente cubista, con sofisticaciones y exotismos populares que  en aquel 14 de julio de 1789, nadie hubiera podido atisbar, ni encaramado, ni empinado. En esta pluma se mezclan la migración China y las particularidades de Sophia Wong, los narcos, la belleza de la mujer limeña como María Carolina con las calles de Buenos Aires y algunos parajes de la Ciudad de México, que Bolaño, en su perra vida, hubiera podido describir ni deconstruir a pesar de identificarse con un gaucho más sufrible y  haber fundado el infrarealismo en pleno Coyoacán luminoso.

Este Miguelito, nombre que parece  pasar desapercibido, de bajo perfil, es nombre de Héroe Peruano de caballero marino, de santo, de ciudad serrana que achorada no se deja igualar con ninguna otra: Este Miguelito ha subido a su torre y con su calendario perpendicular a su ojo caustico y su estética postmo, aguerrida, picante, picosa y pervertida, nos tira a los peruanos y sobre todo a los limeños, no sólo la primera piedra , sino derrumba  la torre o la bastilla completa con las peores intenciones, parece que una transformación va a tomar lugar con cada día que avanza la lectura y las peripecias  de nuestro héroe, a lado de sus amigos como Martín Bryce o Muhammed en los entretelones del gris, que es el color de la impiedad y gris es el color de las mulas y las  dudas, y declara: hasta aquí no más….

El Diario Gris de Miguel Torres, me sorprendió gratamente. Dividido en tres partes, donde  el color gris empieza a convertirse en el personaje principal de este diario. Uno no sabe  ya donde está parado entre tanta ambigüedad, de Lima al Deefe, hay solo un color de distancia y la duda entre lo posible, lo surreal y el deseo se desvanece como una nube soplada por el minutero de un reloj que sabe exactamente a qué hora suenan las campanas más bochornosas del continente.

No me puedo quitar el manto de sentirme cerca a Sophia Wong y adivinar quien es María Carolina o Martín Bryce, nombres escogidos de la peruanidad subyacente, entre los otros personajes, una madre muerta, el Peter porteño que también conozco o el retrato de Lilia Prado. El problema con Miguel es que lo conozco bastante, casi como al bacalao y aunque viene disfrazau de gris, va despellejando el corazón como la cebolla, capa, por capa, y deja ver esa dulzura, ternura, subordinación afectiva mexicana, que lo reinterpreto de tantas experiencias en México y que se construye como el maíz  en un ruego metafórico para mantenerse unidos con todos, Dios y el Diablo, el Norte y el Sur, Chile y Perú, en un mantra paciencioso, que todo lo ve y todo lo comprende.

Hombre de Maíz, Miguel Gris, desde su torre destruida, el día en que todo el mundo aplaude el valor francés, nos dejamos salpicar, por este maravilloso humor grisáceo que  minuto a minuto, nos transforma en más hermanos de todo, más chingados y compele al mexicano que llevamos dentro, haciéndonos  enamorarnos de su chica, entristecernos por la muerte de su madre y nos enorgullece de esta equidistancia latinoamericana que se refracta con el gris y se vuelve todos los colores de nuestro violento ADN, desde Jalisco hasta el Río de la Plata.