martes, 30 de agosto de 2016

Cometa

Mis desvelos permanecen
en pupilas que no saben
donde quedar sepultadas

quizá bajo los escombros
de lo húmedo y salvaje de tu sexo

quizá sobre esa bola de carne
que palpita en el pecho
y no me permite devorar más suspiros
bajo la bruma
bajo el anhelo vespertino
que ya no llevo puesto


ahora ya no necesito notas en mi cabeza
para archivar tus memorias


ahora un androide se desliza
entre el café instantáneo
y mis neuronas anestesiadas
por el virus que sofoca
lo ordinario de mis días

ahora este deseo [in]necesario
de que la tristeza me agujere
es un cometa que se aproxima
sobre la furiosa oscuridad
que es domada por nuestros gemidos

los que no olvidaron
olvidarse de nosotros.

jueves, 11 de agosto de 2016

El Retrato de Adele Bloch - Bauer

Despierto a media noche y mi estómago parece contener un volcán en erupción. Lava ardiendo recorre enfurecida mis intestinos con el único fin de expandirse fuera de mis entrañas. Deprisa salgo de la cama y me encierro en el baño para asfixiar la pronta erupción de mi deyección. 

Cuando regreso a la cama tu cuerpo es una montaña que no se ha inmutado en lo absoluto. Escarcha de nieve te cubre dibujada por la densa cobija que te envuelve, pareces una oruga congelada en el interior de la nevera. Trato de no interrumpir tu sueño. Entro suavemente por la sabana que cuelga de una esquina del lecho. En medio de la oscuridad busco reconciliarme con la narcosis, cierro los ojos, me volteo de un lado, voy hacia el otro, perfilo que mis movimientos no sean bruscos, respiro boca abajo, me escabullo debajo de la almohada, pienso en el Retrato de Adele Bloch - Bauer, vendido en 135 millones de dólares. No puedo dormir. Me giro hacia ti. 135 millones de dólares. ¿Klimt lo hubiera pensado? No puedo dormir. Abro los ojos. El Retrato de Adele Bloch - Bauer sigue en mi cabeza, su imagen desnuda debajo del manto dorado, su representación de oro, lo largo de su cuello, lo carnoso de sus labios. En medio de mis pensamientos trato de llegar a tu cintura, rozo tus nalgas, resbalo mis dedos suavemente entre tu pelvis, el corazón de la montaña, el lugar más cálido, el más oscuro. Pero el más gélido también cuando no despiertas y permaneces como una moneda en el fondo de un pozo que no se ha levantado en millones de años, respiro suavemente sobre tu oreja. En segundos reaccionas, te giras hacia mi y rodeas mi cuerpo con tus largos brazos, me encadenas a ti de la forma más dulce que el universo puede permitir, me dejas indefenso. Puedes desarmarme en un par de segundos y con un sólo movimiento. Resignado vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a pensar en el Retrato de Adele Bloch - Bauer y su cabello castaño y el resplandor de su cuerpo y los 135 millones de dólares desplomándole el corazón, mi corazón y mis manos. Estoy entre tus brazos y percibo calor, mi estómago esta caliente y comienzo a sentir que la pesadez regresa a mi. Entonces la lluvia comienza a sonar, las pequeñas gotas se escuchan en el techo, son una sinfonía perfecta que me arrulla, me gustado el ruido de la lluvia a mitad de la noche, siempre me ha gustado, ahora lo disfruto más mientras tu cuerpo se enrolla con el mío y la oscuridad nos atrapa y nos cobija con su cálido manto. Ya no pienso en nada, escucho la lluvia caer y es un sonido hermoso, tan perfecto mientras somos devorados por el silencio.

Avanzo por el gran salón de paredes verdes y ventanales iluminados por el sol en picada del mediodía. En una de las esquinas esta mi amigo Adonais, sobre la mesa hay sopa de tallarines y una coca - cola. Me siento frente a él, tiene un cámara fotográfica en sus manos y no deja de hacer exposiciones con gran discreción. Su objetivo es una linda mujer de figura esbelta y cabello rubio que entra a lo que parecen los servicios de un restaurante de comida china al que yo también he entrado sin darme cuenta. Me dice que ya no puede ayudarme más, que ya no esta en Lima, que el negocio esta cerrado, que busque nuevos inversionistas. Trato de comprender de que me esta hablando, miro al rededor y las mesas permaneces abandonadas, un mozo se acerca a ofrecerme la carta, tiene los ojos rasgados, el cabello corto, miro el menú, saboreo el pollo tipakay, el chaufa de res, Adonais resguarda la cámara en una pequeña mochila de color verde, se levanta y sale de prisa, yo salgo detrás de él.

Llego hasta la caseta telefónica, no puedo recordar el número, hojeo el pesado directorio que esta a un costado, ahora no puedo recordar su nombre, el nombre, cualquier nombre, me pongo nervioso, un sujeto con sombrilla se postra detrás de mi, es de tez oscura, lleva unas gafas que no me permiten ver sus ojos. De su larga gabardina saca una cajetilla de cigarros Malboro rojos, me ofrece uno, ya he dejado de fumar, resisto, niego con la cabeza, él saca uno y se lo lleva a la boca, se busca el encendedor por todas partes, no lo encuentra, ahora estamos dentro de un grupo más grande de sujetos que se buscan el encendedor en cada bolsillo que llevan en sus prendas, no sé que hacer, trato de alejarme, no puedo, en un instante se acerca un nuevo sujeto, esta rapado, es my rubio, sus jeans son ajustados y sólo lleva una camiseta amarilla y una chamarra de piel negra, enciende el cigarrillo. Tiene consigo una bolsa trasparente que sujeta con la mano derecha, en la izquierda se coloca una sabana para forjar un cigarrillo, de la bolsa extrae una especie de atún con verduras, lo coloca sobre la sabana de papel arroz, menciona que se trata de marihuana, mis sentidos se encuentran confundidos, observo como forja el churro con sus labios, no puedo imaginar prenderlo, una gota cae en mi rostro, una gota de agua cae en mi rostro, una tras otra las gotas de agua comienzan a caer en mi rostro con mayor fuerza, levanto la vista para ver de donde provienen. Sólo percibo una fuerte luz que me ciega.

Despierto y me encuentro debajo de la gotera que la lluvia de la noche ha provocado en el techo de la habitación. Te despierto para mover la cama antes de que mi sueño se convierta en un pantano donde mi deseo se evapore como porro de atún dentro del cuerpo de oro de Adele Bloch - Bauer. 





GUSTAV KLIMT
Retrato de Adele Bloch - Bauer (1907)
Óleo y oro sobre tela · 138 x 138 cm · Neue Gallery. New York, United States of America.


lunes, 1 de agosto de 2016

Cosas Invisibles

Fue a las afueras de una vieja iglesia morisca de Santa María la Ribera que vi aquella mancha oscura. Se trataba de un hombre o quizá de una mujer, nunca pude distinguir bien su rostro camuflado en una mancha de mugre impregnada en la pared, en el piso, en aquella húmeda esquina de esta mísera ciudad. Creo que pedía limosna para abandonar a su demencia o ayudarse a cercenarla.

Por siete meses pase cada día por ahí, observando como aquella escultura de piedra volcánica envejecía poco a poco en el olvido de un par de monedas enmierdecidas.

Ayer frente a mi ojos desapreció, sin el perdón del tiempo, el amor del fuego o la absolución del gato que de vez en cuando le hurtaba la comida arrojada. Así, sin dejar herencia ni recuerdos en un álbum fotográfico el ente se evaporó -y comencé a creer en las cosas invisibles que nos rodean.

viernes, 29 de julio de 2016

Inocencia


El pasado de mi vida puede caber en el buró de la cama
en un huequito de la billetera
o en las habitaciones cerradas de la casa

Todas las mañanas tomo con ensueño el metrobús
voy perseguido por un sin fin de cosas
olvidadas / retrasadas / pospuestas
una contingencia neuronal se enreda en mi cerebro
como una tarde desplomada por la lluvia
cada minuto olvido más como escribir mi nombre en la pared
en cualquier parte
soy un soplo de letras por el aire sin donde aterrizar

Pienso en la magia de la literatura
en la omnipresencia del escritor
en su posibilidad de evocar recuerdos
ahogar el ego
sustituir la realidad
mientras espero que el asiento ocupado de enfrente me tome por el culo

La inocencia se olvida
como el que olvida su amor en la mohecida cantina de la adolescencia
que lamentable
que el hubiera tenga ese placer egoísta de no existir
nunca conoceré el mundo con otros ojos
jamás volveré a ser el niño de 5 años que le temía a su sombra
ni el de 15 que se comía las estrellas
mucho menos el de 25 que se perdió entre galaxias
que ahora mi párpado derecho tiene que llevar a cuestas
algún día de estos compraré un nuevo corazón a la altura de mi inocencia
por lo menos / de la que aún me queda.

sábado, 30 de abril de 2016

No Visto Ningún Color

La neblina me cubre la vista
como si pudiera esconder
un puerto
a mitad del Viaducto
alguna vez huí
ya no recuerdo porqué
lo sigo haciendo diariamente con insomnio

el ritmo de la mañana puede sonar
a Interpol o a un bostezo aturdido
por la oscuridad de mi hocico

soy una memoria de cartón
que gira entre lágrimas que no fueron
orina o sueños / o fuego interplanetario

llevo tanto deseo que todas las putas
me parecen hermosas
como un cielo nublado / o este amanecer rojo

permanezco solo
alrededor de un millón / de estrellas apagadas
¿Cuánto tiempo he dormido?
uno puede perder la vida / suavemente en el tren

qué tarde voy
mis manos se han llenado de arrugas
pero mi memoria es igual de inmoral
que cuando era un niño

soy una montaña de polvo
no visto ningún color
llevo ojos de penumbra
los sentimientos amarrados
y un cuerpo unido a la soledad de un rostro
que también ya he olvidado.




jueves, 31 de diciembre de 2015

Los del Borde

Es verdad que no nacemos con el conocimiento de cuáles serán nuestros gustos, en que ocuparemos nuestro tiempo de ocio y distracción, cuáles serán los traumas, vicios y perversiones que nos marcarán de por vida o cuáles las manías que nos obliguen a escribir mentiras por necesidad. Fue en los años de la adolescencia; cuando sólo escribía cartas sin sentido y llenas de promesas falsas de amor a cualquier noviecita de la secundaria, que mi padre me regaló un libro de Gustavo Sainz se titulaba Compadre Lobo, luego vino otro de José Agustín, La Tumba. -Es la generación de la onda. Me decía. Así que yo trataba de agarrar la onda a un México post '68 en aquellos libros que en casa siempre hubo: olvidados en cajas, empolvados en viejos libreros o en los cajones de la cómoda cómo si fueran drogas farmacéuticas que no necesitaban prescripción médica para aliviar algún dolor olvidado.

Para cuando cumplí 25, mi hermano Serch, se había convertido en mi dyler favorito de libros. Aquel día almorzamos en un puesto de quesadillas atrás del Museo Nacional de Arte y nos metimos en una librería frente al Palacio de Bellas Artes. Mi regalo fueron Los Detectives Salvajes y entonces la ficción se convirtió en una sobredosis que alteró toda mi realidad y mi tiempo. Y no pare, no podía parar, el fantasma de un poeta me perseguía, me seguía por las librerías, estaba ahí conmigo frente al ordenador, a la hora de la cena, cuando iba a cagar o fallaba con mi novia o iba al trabajo y me desquiciaba el tráfico, el ruido, el hormiguero que es esta ciudad y entonces comencé a escribir, no sé por qué, pero comencé a escribir.

Un 10 de enero, la ficción me llevó hasta una tumba en el Panteón Francés dónde yacía Ulises Lima. Alrededor de él, lo que quedaba del infrarrealismo danzaba entre tragos de Tres Coronas y los versos afilados - alcoholizados - diluidos del cadáver de Mario Santiago. Siete días después, conocí a Israel Miranda en un homenaje entre poemas y cervezas al propio Papasquiaro, pero para ninguno de los dos, es claro ese encuentro.

Luego me perdí en Sudamérica, me fugué al país de Laura Bozzo, al país de Vallejo, de Moro, de Vargas Llosa, de Ribeyro, y algo en la ciudad gris de Lima se adhirió a mi cuerpo y nunca me soltó, me hizo ser Ulises, me hizo reconstruir mi memoria y aventarle un escupitajo a la vida, sentado en el otro extremo del mundo con un café pasado en un sueño etéreo. A veces no tenía plata, ni jato, ni avión privado, a veces llevaba unos soles para comer o para vivir, para ir al cine o para una cerveza, o dos, o tres. Vivía despreocupado de las cosas materiales, salvo de los libros que buscan donde vivir y calentar con aventuras y desdichas, la soledad de una habitación en la costa del Pacífico Sur.

Cuando volví a México, busqué en el Taller de Creación Literaria -En el Borde- a mi estirpe, olvidada en los bares, donde los locos se beben de madrazo y al toque los deseos repulsivos - malparidos - [desquiciados] - donde se fuma el anhelo forjado en versos, desgastados por la infecciosa idea de fecundar el lenguaje. Había encontrado a los perros románticos, y no pensaba irme de ahí.

Un día, propuse hacer un manifiesto. No habría sido el primer pendejo borracho en postular dicha intención, pero sí el primero en rechazarla cuando descubrí, que el proyecto que hacía Israel Miranda con los del Borde, era el de escribir, escribir y no parar, no parar y escribir, coger y escribir, beber y escribir, siempre escribir. Escribir hasta que te salgan las alas para desbordarte por la ventana, encender las llamas de La Fiesta del Infierno, consumar tu existencia entre una botella de Korova y los trenes detenidos de la olvidada Alqvimia. Volverte las Notas de un Enfermo Mental o ser el ruletero entre líneas y versos, que inciten al vuelo. 

Por aquellos indescifrables azares del destino, volví a tomar un avión y una tarde en Buenos Aires, mientras nuestros ojos se embriagaban en litros de cerveza Quilmes, Ana María (Alexis Alvarenga) me preguntó: ¿Qué era lo que más extrañaba de México? No supe qué contestarle, tal vez nada, tal vez todo, tal vez las tardes enfurecidas en las que iba con los del Borde y bebía versos como un salvaje extraviado bajo una lluvia neumónica del D.F. con la conciencia de un perro que ladra siempre a la misma hora / sostenido por la botella de licor / que no se llevó el mar / que no llevó ningún mensaje / que se fue al bote de basura / junto con mis tristezas. 

Con esa relatividad, volví otra vez del cono sur. Pero esta vez, sin olvidar escribirlo todo en un insolente - desdichado - deslavado Diario Gris. 

Excitado por la encabronada necesidad
de vivir siempre en el borde
tentando al asqueroso deseo
de sucumbir inesperadamente
en un parpadeo
en cualquier parpadeo
en este inesperado e impetuoso
parpadeo.
 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Las Torres Grises de Miguel

Por: Julia Wong

He aquí un diario. Como uno más a los que me he enfrentado en los últimos cinco años: Der Schmerz, El Dolor de Marguerite Duras, el de la Florita Tristán, con sus Peregrinaciones, José Asunción Silva en De Sobremesa (estos dos últimos textos, obligatorios para  la universidad) y Diario de Un Poeta recién Casado, la pura poesía de la lengua española enfrentada al protestantismo arquitectónico de la ciudad multifacética por excelencia: Nueva York.

Todos estos diarios, fragmentos del tiempo, con fecha específica, con Ciudad desde donde se escribe, con año de emisión, con año de vencimiento. Todos estos registros de la caja chica o la caja grande que es el corazón humano enfrentado al viaje y al paisaje nuevo, dos manivelas de la maquinaria emotiva humana, se conjugan en Diario Gris como un reloj perfecto. Esta es la forma más íntima de desgranar el tiempo con nomenclatura y meterse en el  artefacto del día  en que nos proponemos colocar un filtro que nos hará los voluntariosos partícipes de la historia cotidiana del alma.

14 de julio del 2015. La Toma de la Bastilla se produjo en París el martes 14 de julio de 1789. A pesar de que la fortaleza medieval conocida como la Bastilla sólo custodiaba a siete prisioneros, su caída en manos de los revolucionarios parisinos supuso simbólicamente el fin del Antiguo Régimen y el punto inicial de la Revolución Francesa. La rendición de la prisión, símbolo del despotismo de la monarquía francesa, provocó un auténtico sismo social tanto en Francia como en el resto de Europa, llegando sus ecos hasta la lejana Rusia. (Wikipedia)

Y es en un 14 de Julio en Lima, cuando Miguel Torres,  quien  pudiera llamarse Miguel Bastillas, quiere traerse abajo el gris de Lima, color restregado en una memoria tipo diario, que es tan  potente y  sacaronchas, como para cambiar el color gris, no solo de Lima,  si no de todas las paletas  que ostentan los plásticos más sofisticados del planeta. Y pretende la caída de cualquier residuo monárquico que es quizás el culpable de que esta capital suramericana sumerja a otras aldeas vecinas, en el color prestado de alguna madre reina que no podía soportar el escozor y el brillo del sol en sus dominios.

El color gris panza de burro acribillado desde una torre Mexicana, hasta hacerlo color y sabor suramericano.

Del lapicero de Miguel, nace no sólo una nueva ciudad sin murallas, sino todo un nuevo continente cubista, con sofisticaciones y exotismos populares que  en aquel 14 de julio de 1789, nadie hubiera podido atisbar, ni encaramado, ni empinado. En esta pluma se mezclan la migración China y las particularidades de Sophia Wong, los narcos, la belleza de la mujer limeña como María Carolina con las calles de Buenos Aires y algunos parajes de la Ciudad de México, que Bolaño, en su perra vida, hubiera podido describir ni deconstruir a pesar de identificarse con un gaucho más sufrible y  haber fundado el infrarealismo en pleno Coyoacán luminoso.

Este Miguelito, nombre que parece  pasar desapercibido, de bajo perfil, es nombre de Héroe Peruano de caballero marino, de santo, de ciudad serrana que achorada no se deja igualar con ninguna otra: Este Miguelito ha subido a su torre y con su calendario perpendicular a su ojo caustico y su estética postmo, aguerrida, picante, picosa y pervertida, nos tira a los peruanos y sobre todo a los limeños, no sólo la primera piedra , sino derrumba  la torre o la bastilla completa con las peores intenciones, parece que una transformación va a tomar lugar con cada día que avanza la lectura y las peripecias  de nuestro héroe, a lado de sus amigos como Martín Bryce o Muhammed en los entretelones del gris, que es el color de la impiedad y gris es el color de las mulas y las  dudas, y declara: hasta aquí no más….

El Diario Gris de Miguel Torres, me sorprendió gratamente. Dividido en tres partes, donde  el color gris empieza a convertirse en el personaje principal de este diario. Uno no sabe  ya donde está parado entre tanta ambigüedad, de Lima al Deefe, hay solo un color de distancia y la duda entre lo posible, lo surreal y el deseo se desvanece como una nube soplada por el minutero de un reloj que sabe exactamente a qué hora suenan las campanas más bochornosas del continente.

No me puedo quitar el manto de sentirme cerca a Sophia Wong y adivinar quien es María Carolina o Martín Bryce, nombres escogidos de la peruanidad subyacente, entre los otros personajes, una madre muerta, el Peter porteño que también conozco o el retrato de Lilia Prado. El problema con Miguel es que lo conozco bastante, casi como al bacalao y aunque viene disfrazau de gris, va despellejando el corazón como la cebolla, capa, por capa, y deja ver esa dulzura, ternura, subordinación afectiva mexicana, que lo reinterpreto de tantas experiencias en México y que se construye como el maíz  en un ruego metafórico para mantenerse unidos con todos, Dios y el Diablo, el Norte y el Sur, Chile y Perú, en un mantra paciencioso, que todo lo ve y todo lo comprende.

Hombre de Maíz, Miguel Gris, desde su torre destruida, el día en que todo el mundo aplaude el valor francés, nos dejamos salpicar, por este maravilloso humor grisáceo que  minuto a minuto, nos transforma en más hermanos de todo, más chingados y compele al mexicano que llevamos dentro, haciéndonos  enamorarnos de su chica, entristecernos por la muerte de su madre y nos enorgullece de esta equidistancia latinoamericana que se refracta con el gris y se vuelve todos los colores de nuestro violento ADN, desde Jalisco hasta el Río de la Plata.

lunes, 17 de agosto de 2015

Diario de 1 Perro Salvaje & Gris

Por: R. Israel Miranda

Conocí a Torres en una lectura de poemas de Mario Santiago Papasquiaro realizada en un antro de mala muerte de Santa María la Rivera, la recuerdo porque ha sido la única a la que he asistido. Lo hice porque el hermano del difunto homenajeado, Ektor Zeta, a quien estimo profundamente, me invitó un par de días antes, le comenté que no iría porque esos eventos, simplemente, me fastidian, pues congregan la peor caterva de malos borrachos y pésimos poetas que se pueda uno imaginar.

Como cualquier otro sábado, me encontraba bebiendo en el centro de la ciudad, no recuerdo si en La Faena o el Dos Naciones, pero sí recuerdo que tomaba ron con mi amiga Pilar que, después de unos tequilas y unas canciones de La Santanera, me dijo que iría a la lectura de Papasquiaro, pues Ektor le había solicitado que fuera la moderadora. Me quedé en el lugar con otra mujer “de cuyo nombre ahora, no me quiero acordar”.

Más tarde, y ya entrados en alcohol, decidimos ir al homenaje pues (yo) tenía hartas ganas de increpar y molestar a alguien, a quien fuera. Es algo que me ocurre cuando bebo, me gusta arruinarle los tragos a los malos poetas.

Llegamos al Templo, así se llama el tugurio ese: El Templo. Pilar estaba en el escenario, sufriendo notablemente con los lectores. Saludé a Ektor quién me abrazó y me dijo: qué chingón que te animaste ¿vas a leer? Conteste que sí. Pilar me llamó y me pidió casi suplicante: ayúdame por favor, están leyendo puras barrabasadas y además se tardan demasiado.
-¿Y qué quieres que haga?
-Pues que los bajes.
-¿En serio? Digo, por mí, chingón.
-Sí sí, ayúdame.
-Está bien, tú los vas presentado y al que se empiece a extender o a cagarla, lo conmino a irse a la chingada. Y así lo hice, varios de estos rufianes no llevaban más de tres líneas cuando ya los estaba invitando, cordialmente, a que le llegaran a la verga. Incrédulos me miraban con verdadero odio, a mí me importaba un carajo. Además la lectura se empezó a hacer más dinámica. Pilar no dejó de darme prodigiosas jarras de cerveza adulterada.

Después leí, bajé del escenario y caminé a la puerta a tomar algo de aire nocturno y Miguel me dijo algo que seguramente ignoré pues ya estaba demasiado ebrio.

Luego vino al taller, se sentó a beber y a escuchar y a comentar algunas cosas, leyó algo breve. Ese día había presentación y se quedó y siguió bebiendo. Por eso me cayó bien, me caen bien los buenos borrachos.

Empezó a traer sus poemas y me cayó mejor, admiro a los talentosos ebrios.

Luego bebimos en mi casa, junto con otros malparidos de la noche, y terminó golpeado y exiliado a media madrugada. Y aguantó. Incluso regresó al taller. Por eso es mi amigo, porque es un cabrón talentoso, ebrio y valiente, con wevos pues.

Y luego se fue a Perú, y roló por América del Sur, y lo hizo, tal y como se puede ver en su libro, con los ojos de quien busca descifrar los secretos del mundo, de la vida, de la poesía, de la noche y la mujer.

El Diario Gris (como tarde nublada, “como poeta en el aeropuerto”, como viaje en clase económica, como ojos de mujer diciendo adiós, o hasta siempre) no es un diario, es más bien una bitácora de fechorías. Pero no es un libro perverso, es un texto cargado de la inocencia y la necesidad infantil de descubrirlo todo, de probarlo todo, de sorprenderse por todo. Así, las ciudades y las calles y los tragos y los amores conservan la hermosa conmoción que sólo provoca lo recién conocido.

Miguel se aventura al centro de la vida y lo hace sin protección, a sabiendas de que lo único que nos pertenece es la soledad y la libertad de la hoja en blanco.

El libro es y no una narración, en su prosa se pueden encontrar pasajes hermosamente poéticos, y cito:

…descendí del auto y miré como el taxi encantado se convertía en la sombra de un fantasma que desaparecía bajo la fina niebla de una madrugada calurosamente hostil.

En este sentido, el libro está plagado de dulces fantasmas que, cual bocanadas, desaparecen no sin antes habernos dejado su esencia. Y él mismo se sabe el fantasma de otros, es por eso que en sus adioses no hay juicios ni reclamos.

He aprendido a aparecer y desaparecer de los lugares más cotidianos con estrategia fugaz y habilidad sobrenatural. Camino por las calles sin sostener sombra, ni dejar huellas.

Diario Gris, bitácora, breviario que sólo dura lo que duran las amistades extranjeras, el amor, o el deseo. Páginas para encender el próximo cigarro antes de abordar.

En mí, el amor es sólo uno, prolongado a través de los olvidos y las fisionomías. Después de querer a la que quiero, querré a cien más, pero si vuelvo a ver a las que he querido ¿las volveré a amar de nuevo?

Miguel Torres sabe que todo es relativo, incluso Dios, que la muerte es sólo un disfraz, que no hay mejor mentiroso que el suicida que abandona la hoja en blanco y no hay peor mentiroso que un poeta enamorado.

Diario Gris es un libro de descubrimiento, de búsqueda, y el autor tuvo que viajar al extremo sur del continente, simplemente, para encontrarse, para redefinirse.

Miguel Torres es “un perro que brama versos de medianoche con sangre enfurecida para aullar frente a cualquier ventana vacía”.


Por eso es mi amigo.

viernes, 31 de julio de 2015

Caminando Sobre el Abismo



No veo apenas en toda vida noble, sino un fracaso profundo.
El mío viene de tan lejos, que data de antes de mi nacimiento.


CÉSAR MORO


VIDA & POESÍA | CÉSAR MORO

No tenia más de trece años la primera vez que vi una película surrealista. Mi hermano mayor debió adquirirla en renta, en alguno de los Blockbuster que comenzaban a inundar con su demanda neo liberal los deseos de un adolescente por el cine comercial, o el fetichismo pop cultural de lo que se denominaba, ya desde aquellos devaluados y ensoñados años 90’s en la capital de México, como «cine de arte». El nombre del film, ya de por sí diferente entre los demás títulos en ingles o mal traducidos, que avasallaban el mercado llamó mi atención. Le Fantôme de la Liberté del director europeo refugiado en México por la Guerra Civil Española [descubrí años después] Luis Buñuel, fue una interrogante, una incertidumbre y una tentación de lo que era el surrealismo. Claro que ha dicha edad yo no sabia lo que significaba el surrealismo o el idioma tan extraño que era el francés, me parecía que todo era una comedia de enredos, en lo que lo irreal o lo inverosímil no importaba, porque a fin de cuentas todo era un sueño y cada personaje despertaba de su sueño espantado, espantado por la película de su propia vida tornándose real. Para mí entonces, el surrealismo era eso, la representación de la vida convertida en sueño / un sueño en el que podía pasar todo / absolutamente todo / hasta lo más inverosímil / o no pasar nada / absolutamente nada / aparentemente.


Fue hasta mis días en la Escuela Nacional Preparatoria que descubrí una nueva faceta del surrealismo en mis clases de artes plásticas. Y es que el nombre de Salvador Dalí provocaba la definición perfecta del surrealismo en imágenes, imágenes fijas que contaban historias encapsuladas en el tiempo, en su propio tiempo, en un tiempo con el que Dalí, Miró, Man Ray, Magritte o Ernst jugaban, congelaban o se burlaban. Y entonces no sólo fue el cine, sino la pintura, la fotografía, toda la plástica lo que construía en mi memoria la definición iconográfica de ésta vanguardia, del movimiento que México revestía muy bien, tanto así, que el mismo André Breton, fundador de la corriente, opinaría en su visita de 1938, que «México era realmente un país surrealista». Y es quizá por ello, que el verdadero sueño americano no es patrocinado por el país económicamente más poderoso del continente, sino por la atmósfera político / cultural surreal que envuelve al resto de países «subdesarrollados» perdón «subrrealistas».


Así, en 2014 llegué en medio de uno de estos sueños surrealistas a estudiar al Perú un posgrado en Historia del Arte. Y entonces me encontré con el surrealismo otra vez; pero esta vez gracias a la literatura y a través de una frase que lo dice todo y en verdad no dice nada, cómo los sueños de Buñuel o Dalí o Bretón o México, es «Lima la horrible» es América la horrible, es la ciudad de México la horrible, es el sueño horrible y a la vez no lo es. Contradicciones de adolescente, que te hacen viajar cómo César Moro ¿En busca de qué? tal vez, en busca de nada o de todo o de uno mismo. Y es que Moro había dejado Lima por primera vez en 1925 bajo un gobierno autoritario [comunes en Latinoamérica] se fue de su país tan sólo cuatro años después de las ostentosas celebraciones por el centenario de la independencia peruana, en el apogeo aparatoso de un gobierno cuyos gastos en vanidades y préstamos despilfarrados dejaron al país en bancarrota. Yo había llegado a Lima cuatro años después de las celebraciones del bicentenario de la independencia de México, con el regreso del gobierno autoritario [el de los 72 años y contando] en la decadencia del gobierno opositor que había perdido la guerra contra el narcotráfico, dejando a un país en el terror y la miseria de siempre. Y entonces el personaje de César Moro llamo mi atención. Y entonces el surrealismo llamó mi atención. Y entonces la poesía era también Lima, Lima la horrible.


Con tan sólo 23 años César Moro se embarcó en el puerto del Callao hacia Europa donde se gestaban los movimientos artísticos de vanguardia, que a principio de siglo olían a pólvora, revolución y libertad ilimitada. Y es que son estos viajes [tras]tocadores los que generan los cambios importantes en la vida, el propio José Carlos Mariátegui escribiría que fue en Europa donde descubrió al Perú. Por mi parte, fue en Perú donde descubrí México y en el caso de Moro, quizá la huella que imprimió en su poética, es la que nos hará perceptible sus descubrimientos. En 1928, acogió el francés como idioma literario, el mismo idioma que era ya para mí desde los 90’s el lenguaje del surrealismo en las películas de Luis Buñuel y el mismo que Bernardo Bertolucci señalaría cómo el idioma del cine, de la poesía. Una explicación fácil y mal intencionada, que pretende explicar el porqué Moro acogió el francés cómo idioma en el que escribiría casi la totalidad de su obra, diría que fue el producto del resentimiento de un hombre que siempre se sintió sin un espacio en la sociedad limeña, pretensiosamente aristocrática y poco abierta. Según dicha hipótesis Moro habría tratado de compensar con el afrancesamiento su falta de blasón criollo. Cosa que Luis Buñuel por ejemplo, no sufriría en su calidad de exiliado en México, cuando empezó a realizar películas desde 1946 en la nombrada «época de oro» del cine mexicano.


Dicha hipótesis podría cubrir también, el por qué César Moro nacido en Lima en 1903 y bautizado cómo Alfredo Quíspez Asín, apellido que connota en la sociedad limeña, apenas es pronunciado, la idea de hombre de pueblo, especialmente oriundo de la sierra. Lo que lo llevaría a cambiárselo en las actas legales en 1923, justo antes del viaje a París. Su revuelta contra los convencionalismos de la realidad social hizo que el «rebautizo» fuera tan radical que el nuevo nombre fue impuesto no sólo a sus amigos sino también a su familia. Pero esta teoría queda prontamente desacreditada si sabemos que el padre del poeta, el doctor Jesús Quíspez Asín fue un médico que gozó de prestigio y que Moro no partió de Lima siendo un desconocido, sino que lo hizo cómo un artista de renombre algo inusitado para su corta edad. A los dieciséis años, éste poeta esbelto y dandy de pañuelo en el bolsillo y escarpines en los tobillos, asistía cómo muchos otros jóvenes con afanes artísticos a la casa del poeta José María Eguren en Barranco para descubrir lo que corría en el aire de inicios de siglo llamado modernismo, vanguardia, aquello novedoso que sólo se publicaba en Amauta y que representaba la moda, lo nuevo, la élite mundial. Pero fue en la Europa Occidental donde César Moro se vistió de surrealista, después de su participación en una exposición colectiva de Arte Americano en el Cabinet Maldoror [Bruselas, Bélgica] a lado del mexicano Santos Balmori, el chileno Isaías y el dominicano Jaime Colson. El grupo surrealista, que alentado por el éxito de la revolución rusa y entusiasmado por el apoyo que el gobierno revolucionario brindó a los intelectuales y artistas de vanguardia, creyó fervorosamente en la posibilidad del establecimiento concreto de la utopía marxista, del sueño de un fénix fluorescente que renacía de entre las cenizas podridas de la burguesía para hacer un arte que expresase y revelase la totalidad del ser y que empujara a la sociedad a la búsqueda de su libertad. Es por ello que el régimen dictatorial de Sánchez Cerro en el Perú y las insurrecciones, harían y provocarían la ira e indignación de Moro ante la política oficial de un gobierno de represión. Aunque César Moro se unió al surrealismo, por ser la propuesta poética más acorde con su ser y no por sus apoyos políticos. Todos los artistas surrealistas tenían como fin la ruptura con las represiones morales. «Padre, Patria y Patrón es la teología que sirve de base a la vieja sociedad patriarcal y hoy a la jauría de fascistas.» Moro había comenzado, probablemente su inclinación homosexual, cambiando de nombre en una revuelta contra las imposiciones patriarcales. Su búsqueda espiritual por romper con toda arbitrariedad moral, lo llevó a simpatizar, en sus años de surrealismo militante, con la realización de la utopía social, entendiéndola como la creación de una situación histórica propensa al desenvolvimiento espontáneo de lo visceralmente ansiado y a la materialización de estas esperanzas. Los hombres debían recordar sus deseos olvidados tras el grueso polvo dejado por los siglos de oscurantismo. Para quien venía de un país latinoamericano resulta lógico pensar y desconfiar desde el principio, de la pureza de las intenciones bolcheviques. Y es que, como mencionaría Antonin Artaud «En realidad se trataba de que el surrealismo descendiera hasta el marxismo, pero hubiese sido hermoso, que el marxismo tratara de elevarse hasta el surrealismo» Y quizá de esa forma, la historia hubiera sido diferente.


Moro en pintura fue un autodidacta, siendo consecuente con su postura anti-académica y su defensa a ultranza de la espontaneidad. El trazo libre de un poeta que se lanza a la pintura con lúdico goce infantil de la figuración, además a diferencia de sus compañeros surrealistas a quienes frecuentaba en el café de la plaza Blanche, en Montmartre, Moro no trabajó en grandes formatos. Por razones económicas y por otras motivaciones, prefirió los trabajos portátiles y con ellos, no optó por la creación de la obra maestra, sino por el trabajo ingenuo, pero profundo. Objeto visual pequeño y explosivo. Un frágil grito susurrante.


Cuando Moro regresó de Europa, el Perú se sumergía en un caos social. El gobierno del general Benavides heredó los conflictos del autoritario gobierno de Sánchez Cerro, asesinado el 30 de Abril de 1933. En ese contexto el discurso de Moro, lejos de clamar por una revuelta marxista, adquirió un tono anarquista. «muerte a los estado» en defensa de la utopía social. Sin embargo, el mundo de la política tradicional estaba lejos de la reclamada libertad.


Fue Moro una de las figuras más importantes de Latinoamérica [específicamente de Sudamérica] dentro del surrealismo. Que su personalidad haya despertado tanto interés entre el grupo de Bretón se debió no sólo al hecho de que la poesía le resultaba algo innato, condición vital de su espíritu; también los sedujo el interés que Moro sentía hacia la mitología y la cosmovisión del Perú antiguo, palpable muy sutilmente en algunos aspectos de su poética y su plástica, en ciertas metáforas que hacen referencia a concepciones arquetípicas del mundo y del suelo peruano. No entenderíamos la importancia de esto para los surrealistas, de no saber la admiración que sentían por el hombre arcaico y sus ritos. La tendencia al primitivismo es predominante en la rama anti-positivista de las vanguardias. Pero entonces. ¿Por qué Cesar Moro nunca brilló dentro de la cultura peruana de su tiempo? ¿Por qué su arte fue incomprendido en el Perú? ¿Por qué éste maricón burlón de mierda ofendía al arte que se absorbió en Lima desde Europa?


A principios de 1935 llegó a Lima la pintora chilena María Valencia, trayendo consigo, además de un collage y dos cuadros suyos, varias esculturas y dibujos de cuatro compatriotas. Se puso en contacto con Moro inmediatamente y organizaron la primera exposición Surrealista Latinoamericana. Se llevó a cabo en la Academia Alcedo; se expusieron cincuenta y dos piezas; treinta y ocho eran de Moro [siete pinturas, quince dibujos y doce collage] la mayoría producidas en París, en una etapa en la que se encontraba en plena exploración de nuevas técnicas. La exposición tenía un fin claramente subversivo y pretendía escandalizar. Moro, posiblemente harto y asqueado de la élite intelectual limeña, sentía la necesidad de perturbarlos. Tratar de darle una bofetada aguda al academicismo, al poeta de la corte, al pintor indigenista, que Moro percibía cómo oportunista de la pobreza del indio y en general, ofendía a todo el status de intelectualidad del que se revisten los que no soportan su inseguridad o tratan de encubrir su mediocridad. Todo fue pensado para sacudir al público. Las paredes de la Sala de Exposición de la Academia Alcedo, usadas sólo para divulgar obras clásicas de arte occidental [regidas por los cánones de las instituciones de arte europeo], se cubrieron de cuadros inusuales, que representaban el nuevo arte europeo, [cosa más absurda, más bien, surreal] asimilado por latinoamericanos. Por ello el Indigenismo no pudo ser dislocado por las posturas irreverentes de la exposición surrealista de César Moro en 1935, misma que fue recibida como una broma intrascendente por la soberanía artística de José Sabogal y su grupo. Moro había tratado de golpear violentamente a una Lima retrógrada que lo rodeaba. Pero desafortunadamente, el surrealismo no fue considerado arte por la crítica peruana, sino hasta la muerte de Breton treinta y un años después de la exposición del ‘35.


Moro deja así Perú de nueva cuenta en 1938 sólo un poco después de realizada su única exposición individual en la Peña Pancho Fierro y envuelto en dificultades políticas por el gobierno de Benavides, causadas por su activismo en la difusión de textos de apoyo a la República Española contra Franco y sus aliados italianos y alemanes. Y así como el país más surrealista de todos, México, le abría las puertas con un pasaporte en el que estaba impreso el sello del exilio, cómo el de los demás españoles, entre ellos Luis Buñuel que huía de las represiones del gobierno dictatorial de Francisco Franco. Y es que, si México no era el lugar de mejor recepción a la divulgación del arte surrealista, sí era un país en transformación, que permitía la exploración empírica de lo primario, del hombre libre de occidente, donde en la palabra y en el arte, persistía su fuerza conjuradora.


En México, Bretón, el pintor Wolfgang Paalen y Moro organizaron la Exposición Internacional del Surrealismo, celebrada entre Enero y Febrero de 1940. La mayoría de los artistas plásticos del movimiento exhibieron obras en ella: Giorgio de Chirico, participó con una pintura y dos dibujos; Salvador Dalí lo hizo con una pintura y cuatro dibujos; de Marcel Duchamp se exhibieron tres reproducciones de sus cuadros; Max Ernst presentó tres pinturas y un dibujo; Paalen, que presentó dos pinturas, un dibujo y un objeto, dio un dibujo de Giacometi de su colección. Fueron expuestas dos pinturas de Moro, además de un collage y un objeto, al igual que dos pinturas y un dibujo de Joan Miro y un dibujo y una pintura de Picasso. Todos estos nombres podrían dar la impresión de un surrealismo en apogeo. Sin embargo, nada más ajeno a la realidad mundial [ya que el movimiento se tambaleaba y su futuro era incierto] y nacional, ya que la exposición tuvo que aliarse con artistas mexicanos que no compartían completamente sus postulados. Las contracorrientes debieron de ir entonces contra el país más surrealista que por entonces, estaba enfocado en el movimiento muralista que le daría renombre en el extranjero.


Los años de la segunda guerra fueron momentos de crisis para el surrealismo. El arte fue arrasado por los gobiernos totalitaristas. Nada logró el surrealismo en el aspecto social. Los pueblos del viejo mundo prefirieron delegar sus vidas a tiranos antes que asumir la actitud libertadora que planteaba el surrealismo y antes de que sus integrantes decidieran marcharse, fue la historia la que los mandó al exilio. Pero fue quizá ése exilio alejado de las condiciones partidistas, políticas, sociales, donde el alma del surrealismo pudo volver los sueños a los hombres y atacar desde la indomable sensación del inconsciente.


Cuando en el aeropuerto de la Ciudad de México subió al avión de la compañía Peruvian International Airways, César Moro estaba aterrado. Fue la única vez que Moro voló en avión. Gracias a Westphalen su confidente en Lima y a través de la comunicación postal que se realizaron durante los diez años que Moro estuvo en México podemos saber, que conoció el amor del teniente Antonio, por el cual muy probablemente dejo el francés para regresar a su lengua natal y escribir entre 1938 y 1939 el poemario La Tortuga Ecuestre, donde el escritor se sirve elocuentemente de los planteamientos surrealistas. Antonio no sabia nada de francés. «Cuando reveo 1941, 1942, 1943 y parte de este año no comprendo cómo he podido soportar el golpe y zafarme del aprieto.» (Moro) «Todo es difícil en pintura, sobre todo para mí que jamás he tenido facilidad.» (Moro) «No importa donde uno esté, se tropieza con la misma incomprensión y la misma nulidad.» (Moro) Sabemos también, que se encontró con sus antiguos amigos de París e hizo amigos nuevos, sufrió estragos físicos espantosos que prefería olvidar junto con el fantasma del suicidio que lo acosó por tantos años. Y cuando llegó a Lima en Abril de 1948 esperando liberarse de la ofuscación crónica y vivir sin cadenas y con los sentidos despejados. Se resistía a creer que Lima fuera tan fea como Westphalen la describía en sus cartas. Motivado por el desgaste de las técnicas vanguardistas, Moro prefirió el alejamiento; cuando regresó de México, se dedicó a vivir en silencio, lejos ya del mundo intelectual, del bullicio, refugiado en su casa de Barranco. Pintaba para sí, y nada más. Moro volvió a Lima buscando la libertad de una tierra marginal, en desiertos libres del rastro civilizado y piedras desatadas. Pero se halló con lo que quería olvidar: un mundo empobrecido, un valle estéril, la marginación de los marginados. Olvidó que en Lima sólo se sienten los rayos del sol tres meses al año, que en los nueve meses restantes, el cielo es de un gris asfixiante, una cúpula de nubes que oprime el corazón, un puño de angustias. Así Moro olvidó adrede, tratar de soñar que podía lanzarse a caminar sobre las aguas sostenidas por la fé, enajenado por los colores, exhalando poesía sobre el abismo, pero su fantasía le fue insostenible. Cuando abrió los ojos y vio que en verdad, no sólo se podía vivir de aire, de sol y de mar, la vida se transformó en una bola negra que dio contra su pecho desnudo como un terrible cañonazo. La vida lo despojó de su vendaje de ensoñación; un golpe certero que lo tumbó de espaldas y lo dejo sin aire, hasta que murió, bajo el cielo gris de una ciudad gris, por su polvo y su concreto opresor que ya empezaba a cubrir los cultivos del estrecho valle de Lima. La ciudad se expandía y se construía a diestra y siniestra bajo la geometría militar que guiaba a los arquitectos, a los poetas y a los artistas.


Casi en secreto, Moro preparaba una exposición de sus últimos cuadros pintados durante el último periodo en Lima. Nunca la vio realizarse. Murió. La presentación de los cuadros fue póstuma. Se encargaron de organizarla el pintor Fernando de Szyzslo y André Cyné. Inaugurada en el Instituto de Arte Contemporáneo del Perú. Mes de Agosto de 1956. Los cuadros se exhibieron con los marcos que Moro hizo poner antes de ser internado en la clínica.


A MANERA DE | CONCLUSIÓN


Ni se piense que, porque ya han pasado ochenta años desde la formación del movimiento, el nombre surrealismo sonará familiar a la mayoría de limeños o mexicanos. Al ser acogidas las manifestaciones de las vanguardias por el mercado [capitalista] artístico europeo y norteamericano en los 50’s, el efecto del shock que pretendía el surrealismo empezó a constituirse cómo un valor comercial del arte, demandado por los consumidores de novedades artísticas. El sentido original se había perdido tras el fortalecimiento de la capital. En éste contexto Luis Buñuel realizaría en 1950 la película Los Olvidados, que no gozó de buena aceptación ni por la crítica ni por el público sino hasta que ganó el reconocimiento en el Festival de cine en Cannes, una vez más tuvimos que tener la aprobación europea para que el relato de tendencia neorrealista italiano con tintes de surrealismo que Buñuel impregnó en él, fijara los ojos al movimiento vanguardista de nueva cuenta y a través de la sociedad horrible que Buñuel retrató. La ciudad de México, la horrible ciudad de México y su sociedad le daría la fama al director Español.


Para mí la cosa es simple: la política no me interesa en lo absoluto. A lo largo de mi vida e igual que Moro, he visto a un tirano tras otro tomar el poder, la constitución remendada a favor de los poderosos, un ladrón tras otro, convertido en presidente. La censura. Las persecuciones. El narcotráfico. La violencia. Siempre lo mismo. Hay veces que se estudia para obtener mayor conocimiento y criterio de los temas de la vida, hay veces que se estudia para obtener un grado más alto y poder obtener un mejor trabajo, de mayor remuneración, pero hay veces que también se estudia porque te lleva al auto descubrimiento a través de la vida de los personajes y es que, es verdad que la historia está condenada a repetirse sino la conocemos. Y conocerla sólo te lleva a descubrir que siempre se repite cómo un gran circulo, que gira y da vueltas y rueda girando en un sueño prolongado, infinito y voraz, cómo el del surrealismo.



BIBLIOFRAFIA | REFERENCIAL

FAVARON, Pedro
2003 Caminando sobre el abismo. Vida y poesía en César Moro. I Lima, Perú • Editorial Antares, Artes y Letras.

MAJLUF, Natalia
1994 El indigenismo en México y Perú: Hacia un visión comparativa. Arte, historia e identidad en América: Visiones comparativas. La problemática de las escuelas nacionales. Tomo II I Ciudad de México, México • UNAM.

MORO, César
1983 Vida de poeta: Algunas cartas de César Moro escritas en la ciudad de México entre 1943 y 1948. I Lisboa, Portugal • Minigráfica.